Fue con esa infinita inmadurez que no pude decir: No quiero que te vayas porque eso implica terminar, evidentmente no quería que eso pasara, pero mi infinita inmadurez me decía: Si ella se vas lejos, el resultado es conocido, por ya no poder tener ese cuidado que da la cercanía en la relación, y no por débil sino por sentido común. Esa infinita inmadurez sabía también que es muy diferente para el que se va que para el que se queda, y no quería ser ese último. La infinita inmadurez no supo decir con las palabras claras y francas... quédate, no soportaría tenerte lejos, pero tampoco se trata de mí, con todo mi miedo debo aceptar tu muda y clara decisión y apoyarla, como lo hicieron mis padres y tú. Mi infinita inmadurez nunca me dijo que yo haría lo necesario en alejarte... y me creías muy maduro para mi edad... nuestra infinita inmadurez.
Recientemente a sido más difícil decir no.